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Una trompa natural no puede producir más que lo que conocemos como serie armónica:

serie armonica 2

Esta serie de sonidos que no están temperados es decir que son simplemente producto del fenómeno físico natural, deben ser modificados artificialmente por el intérprete para afinarlos y llevarlos a ese temperamento que le permita tocar en orquesta o en música de cámara. Además, dado que esta serie no es una escala completa, tenemos que producir artificialmente los sonidos que nos faltan para obtener esas escalas propias del sistema musical tradicional. Los procedimientos para temperar la afinación y completar la escala son básicamente 3. La posición de la lengua en el interior de la cavidad bucal subiéndola y bajándola provocando de esta forma un tama o mayor o menor de esta. Una mayor o menor tensión de los labios que pueden hacer subir o bajar la afinación de las notas, y el más visual de todos aunque no el más importante, la posición de la mano derecha en el pabellón; a mayor introducción de esta en él, la nota bajará su afinación y abrirla provocará el efecto contrario. Este último procedimiento sin embargo producirá un sonido más cerrado o metálico, con un timbre diferente y es ahí donde la pericia del intérprete conseguirá, con la combinación de los otros dos sistemas minimizar esta diferencia de sonido, reservándola para algunos efectos concretos, muy bellos pero de los que no se debe abusar para no convertir las frases musicales en una especie de puzle de timbres diferentes.


Ya decía a propósito de esto Dauprat, profesor de Gallay, en su monumental tratado en tres volúmenes que: "Es necesario, para adquirir igualdad en los sonidos, compararlos sin cesar unos con los otros, escucharse con atención y juzgarse con severidad"

Precisamente el encanto y la dificultad de la trompa natural es la absoluta necesidad de cantar con el instrumento, que debe de convertirse de esta manera en una prolongación de la voz del propio instrumentista y no en algo contra lo que el trompista se ve obligado a luchar. Esta depurada técnica llegaron a dominarla solo unos pocos grandes solistas y profesores del siglo XIX y muy especialmente, los del Conservatorio de Paris, que se convirtió en la escuela por antonomasia en la ense anza de este instrumento. Entre ellos uno de los mayores exponentes fue precisamente Jacques François Gallay.

Autor de una prolífica obra centrada en su instrumento, precisamente la cumbre de toda su producción en cuanto a virtuosismo exigido, son sus "12 Grandes Caprichos opus 32" que presentamos aquí en grabación integral. Al igual que hicieran otros grandes solistas de otros instrumentos de renombre en su época, Piatti o Franchomme en el violonchelo, Pasculi en el oboe, Ozi en el fagot, Arban en la trompeta o como no, Paganini con sus 24 caprichos, Gallay nos ofrece en este corpus musical, no sólo todas las dificultades posibles, sino que, afortunadamente, envolviéndolas en un ropaje musical al igual que hiciera Paganini, las hace trascender del simple estudio, convirtiéndolas en piezas musicales de gran interés. Se suceden en ellos, multitud de formas musicales y lo que es más increíble, modulaciones inusuales para un instrumento que en teoría sólo puede producir, como acabamos de ver, una serie de 16 sonidos más o menos en Do mayor. Ninguna pieza con tanta dificultad había sido escrita hasta ese momento para la trompa natural y sirva como detalle el que, incluso hoy, con el instrumento moderno siguen siendo piezas de máxima exigencia para el intérprete.